El muerto del candelarazo, una leyenda sin evidencias
Una empleada de la Iglesia de San Agustín, que agenda la celebración de misas religiosas en este santuario del centro de Quito, se muestra sorprendida ante mi pregunta. ¿Hay alguna evidencia de que aquí ocurrió la leyenda del muerto del candelerazo?
“Dicen que en la columna de la entrada de la Iglesia, había una huella del candelero. Es lo único que sé”.
La historia es así. Resulta que los velorios en el Quito antiguo se realizaban en las iglesias. Duraban de dos a tres días.
Entre los asistentes, había temor de quedarse en esos sitios pasado la medianoche. Por eso, solo los sacristanes o los coristas se quedaban a las vigilias.
Un día se realizaba el velorio de un importante militar. A la medianoche, familiares y amigos se fueron. Solo se quedaron los sacristanes Pedro Illescas y Toribio Fonseca, que eran buenos amigos y compartían la vivienda en el sector de San Blas.
Les gustaba hacer bromas pesadas. Esa noche, no fue la excepción. Pedro convenció a su compañero de que fuera a comprar unos dulces donde Doña Petrona (pan con queso, raspadura y maní).
Mientras su amigo, cumplía su pedido, Pedro sacó al muerto del ataúd, se puso su ropa y se metió en el féretro.
Cuando Toribio regresó, Pedro se levantó para espantar a su compañero. El muerto estaba sentado a un lado.
La broma dio resultado, pero solo por momentos. La leyenda dice que el muerto se levantó y, más bien, él espantó a los sacristanes. Les lanzó un candelabro.
Por muchos años, según esa historia, la huella del impacto quedó en una columna. Ahora, eso solo se cuenta en libros de autores de la historia de la capital. Las versiones más conocidas son las de Guillermo Noboa, Carlos Tobar y Luis Napoleón Dillon.