OPINÓLOGOS: CUANDO OPINAR REEEMPLAZO A PENSAR
Hoy todos opinamos de todo.
De política, de seguridad, de justicia, de la vida ajena. Opinamos rápido, sin pausa, sin contexto y, muchas veces, sin información. Nos hemos convertido en opinólogos profesionales, expertos en juzgar desde la comodidad de una pantalla.
Nos indignamos con facilidad. Saltamos al siguiente trend, repetimos la consigna, usamos la frase de moda y creemos que eso basta. Juzgamos, señalamos, cancelamos. Pero rara vez construimos. Rara vez pensamos por cuenta propia.
Vivimos reaccionando. A la provocación social, al titular incompleto, al video editado, al mensaje diseñado para generar rabia o aplauso. Y reaccionar no es reflexionar. Reaccionar es dejarse llevar.
Lo más preocupante no es que opinemos —opinar es parte de una sociedad libre—, sino que hayamos reemplazado el pensamiento crítico por la reacción automática. Preferimos seguir la corriente antes que forjar criterio. Nos sumamos al ruido antes que buscar la verdad. Compartimos antes de entender.
Así, la opinión se vuelve un acto vacío. Un gesto que tranquiliza la conciencia, pero no transforma nada. Creemos que escribir un comentario, usar un hashtag o sumarnos a una tendencia es participar, cuando en realidad es solo consumir indignación.
Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí. La inseguridad, la desigualdad, la corrupción, la violencia. Pero enfrentarlos exige algo más incómodo: informarse, cuestionar, sostener una postura incluso cuando no es popular.
Forjar un camino propio requiere tiempo, lectura, conversación y valentía. Requiere pensar antes de opinar. Requiere resistirse a la provocación fácil.
Quizá el verdadero acto rebelde hoy no sea opinar de todo, sino aprender a pensar mejor.
Y luego sí, hablar. Pero con sentido.